  |
 |
 |
 |
 |
Clave
para una nueva era
La base de los conocimientos de
los usos del cobre en el siglo XXI proviene de la Revolución
Industrial del siglo XIX y de sus grandes inventos: el
telégrafo y teléfono, en el ámbito
de la comunicación y la electricidad; y el dínamo
en el área de la energía.
Antes de esta época, el cobre se empleaba principalmente
como aleación (latón y bronce) para fines
mecánicos, debido a que las propiedades más
solicitadas eran su maleabilidad, maquineabilidad y la
fácil obtención de piezas fundidas.
El cobre puro se aplicaba preferentemente en vasijas domésticas
(platos, fuentes, ollas, cucharones, coladores). Esto
cambió con el desarrollo de la electricidad y los
nuevos métodos de comunicación, que requerían
de alambre de cobre de alta pureza y conductividad.
Si a mediados del siglo XIX el cobre puro era una parte
insignificante del consumo mundial del metal, en la actualidad
representa aproximadamente el 60% de éste. Su auge
vertiginoso se debió a que fue parte esencial e
insustituible de las nuevas tecnologías propias
de la vida moderna.
Esta situación se repite nuevamente con la revolución
de las comunicaciones y la informática, cuyos desarrollos
serían impensables sin la presencia de este metal.
La búsqueda por una mejor calidad de vida y mayor
productividad exige la participación del cobre
y de sus aleaciones en diversos campos: hogar, transporte,
industria, diseño, construcción, medicina,
biotecnología y muchos otros. Ello, sin duda, asegura
una creciente y persistente demanda de nuestro principal
producto de exportación. |
|
 |
|
 |
 |
 |
|